¿En dónde está el alma según la ciencia y la filosofía?

Quizá en una pierna, a lo mejor en el cuello o incluso en un dedo. Puede que ni siquiera esté en nuestro cuerpo porque nada marca que necesariamente se encuentre al interior de nadie. El origen y la posición del alma es un problema que hemos tratado, como humanidad pensante y reflexiva, desde hace miles de años sin éxito alguno. Como filósofo me he negado por mucho tiempo a creer que somos cuerpo y nada más, que somos un organismo inyectado de energía y funciones químicas o físicas, cuya fuerza motora es uno de los tanto accidentes que tiene el planeta Tierra. Me rehúso a pensar que no hay nada detrás, al frente, arriba o por debajo nuestro que nos incite a ser lo que somos, que sólo caigamos en el resultado de un potingue que halló posibilidades de evolución en determinadas condiciones de vida, que la coincidencia de ciertos elementos nos halla traído hasta aquí y no guardemos en nuestro interior más que sangre, electricidad e impulsos nerviosos.

No por esto soy creyente o profesante de religión alguna, supongo que al enunciar estos pensamientos podría ser considerado una “persona espiritual” – whatever that means en este siglo–, aunque tampoco me encanta el término y los rumbos new age que éste abre; no importa, a lo que me refiero con esto es que es imposible conformarnos con la idea de que no hay un sostén para toda la fisicidad que nos embarga. Por más que se defienda que la ciencia puede dar razón de todo, debemos reconocer que ésta sólo describe los cómos del cuerpo mas no los porqués.
Entonces, volviendo a nuestro tema principal, el alma, esa sustancia que tanto sostiene a las creencias del cristianismo , el catolicismo y otras religiones , la que da motivo a que todos los humanos confiemos en seguir aquí después de la muerte, con la gente que queremos, es también un concepto que vale  mucho la pena analizar desde la perspectiva de la ciencia y sus conexiones con la filosofía para saber en dónde se encuentra dicho compuesto de la existencia en nosotros, de ser que verdaderamente esté.

El alma no es una entidad inventada por religión alguna, ésta es el resultado de años reflexivos en torno a lo que es capaz de mover al cuerpo e inspirar todo lo que hacemos. Su concepción dificultosa y fascinante se puede rastrear incluso hasta hace más 1750 años antes de nuestra era, pero claro, como buenos occidentales, tenemos mejor conciencia de lo que hemos heredado de los griegos; por lo tanto, allí comenzará nuestro recorrido de perspectivas, con el recuento desde la filosofía clásica y sus consecuencias históricas.

+ Para Platón el alma era una de las dos partes que conformaban al hombre; el cuerpo, temporal y decadente, y el alma, inmortal y sostén de la sabiduría.
+ Los presocráticos creían que el alma estaba conformada por materia; específicamente Demócrito, quien decía que el alma seguro estaba conformada por fuego. Una total analogía sobre la chispa que da vida.
+ Epicuro compartía la misma idea, sólo que al fuego o al aire que discutían sus contemporáneos, él agregaba un elemento sin nombre ni identificación que le hacía todavía más especial al alma. Algo parecido a los estoicos, quienes a su vez hacían responsable a ésta de la racionalidad y la mentalidad.

+ Fue justamente en este paso que la supuesta materialidad del alma abrió una pregunta que hasta hoy llama la atención y preocupa tanto a humanistas como a científicos: ¿en dónde está el alma? En época de Aristóteles se creía que el estómago o los riñones podían ser la morada de ésta, dadas las emociones que a tales órganos también se relacionaban.
+ Fue hasta la llegada de Galeno que el corazón y la cabeza se hicieron los principales sospechosos. Su formación tanto médica como filosófica le hizo pensar en todo momento que el cuerpo era efectivamente sostenido por algo en especial (el alma) y que sin este algo era imposible que el ser humano dispusiera de facultades racionales como las que tiene. Su observación de vida y muerte, de respiración y desahogo le llevaron hasta ahí.
+ Todavía más tarde se perfecciono esta idea. Nemesio, uno de los más importantes pensadores del cristianismo, retomó las disertaciones sobre el alma para incluirlas a su sistema de cómo el cuerpo era inyectado por una fuerza que le hacía pensante y sensible, inmortal y no sólo carne.

+ Durante la Ilustración y con fuerte influencia de Galeno en la medicina, los investigadores de la era tuvieron la oportunidad de experimentar con cadáveres y probar sus nuevas ideas en torno al alma; coincidiendo con el viejo médico, llegaron a la conclusión de que el corazón podía ser la residencia absoluta de ésta, aunque no se descartaba que quizá pudieran encontrarla en otras partes. Lo cual se convirtió en un problema, pues esto, aunado a la idea de la resurrección y de que el alma pudiese ser un elemento material en el cuerpo, ¿qué iba a suceder con las personas que fueran diseccionadas y desmembradas durante los estudios? ¿Su alma quedaría atrapada, disuelta o perdida en medio de todo el proceso? Esto dio raíz a que las experimentaciones se abrieran paso con mayor fuerza hacia los indios o nativos “salvajes” de otras regiones –pues se pensaba que efectivamente no tenían alma–, a esa idea todavía profesada hoy de que los trasplantes ponen en riesgo el camino de las personas hacia la “otra vida” y a que la disección fuera una condena en términos de castigo judicial para criminales, asesinos o delincuentes.
+ En el siglo XIX y con los grandes avances que significaba la electricidad en la vida común, Giovanni Aldini y Luigi Galvani propusieron que el alma no era tal cosa como se había pensado en la antigüedad y que el cuerpo era un organismo cargado de energía eléctrica. Idea que bien podemos advertir, por ejemplo, en la imaginación de Mary Shelley y sus especulaciones de que el cuerpo no requiere necesariamente de otro hálito aparte de una simple chispa.
+ Durante la I Guerra Mundial los médicos identificaron a eso que solemos llamar alma con el cerebro y el sistema nervioso gracias al temor expuesto en la Declaración Hague y la Convención Hague: las armas químicas y las sustancias venenosas como el gas mostaza no sólo tenían consecuencias terribles en el cuerpo de los soldados, sino en su esencia, en su pensamiento y en los terrores que ocasionaba posteriormente.

+ En 2012 y gracias a sus arduas observaciones médicas hacia pacientes que se encuentran al borde de la muerte, a las experiencias que la anestesiología ha dejado en sus registros, Stuart Hameroff y Sir Roger Penrose han concluido que eso que llamamos alma puede encontrarse en el sistema nervioso, tal y como lo han expuesto los estoicos y los médicos de 1900. Cada que un paciente está por perder la vida, es dado por muerto durante algunos segundos o la anestesia surte un efecto inesperado en él, es justamente el sistema nervioso lo que han visto en juego.
+ En un sentido cultural y de tradición casi religiosa seguimos pensando que en el corazón, o por lo menos alguna parte cerca de él, es donde está el alma, asimismo, la medicina contemporánea no abandona la concepción de que el cerebro es lo que nos configura como personas, como individuos; sin embargo, hay algo que no explica del todo qué nos da razón, movimiento y esencia de ser. Y los investigadores actuales lo saben, la ciencia moderna lo reconoce, por eso la problematización del alma no puede ser abandonada aún cuando hayamos avanzado tanto ya en las investigaciones genómicas, anatómicas y físicas.
+ Muestra de ello es que Silicon Valley, más allá de enfocarse en cómo funciona el cerebro humano, de cuáles son sus capacidades de respuesta, gasta billones de dólares hoy tratando de copiar las funciones de la conciencia, como constitutiva de eso que llamamos alma en nuestra época, en un sistema operativo que sea sensible a las decisiones humanas y a registros que sean virtualmente inmortales. En este proyecto se encuentran involucrados teóricos cognitivos y físicos cuánticos cuyos esfuerzos no han dado respuesta, pero buscan solución a como dé lugar en un término medio entre perspectivas humanísticas y científicas.


La conclusión no es clara, no sale a la luz fácilmente, pero es bastante evidente que no somos un saco de órganos cuyos movimientos son azarosos, sabemos que hay algo más profundo, aunque no podamos dar razón precisa de en qué lugar o cómo opera. Quizá sea el sistema nervioso, probablemente sea en la cabeza, a lo mejor sí existe una conexión entre alma y conciencia o pensamiento racional; nos hacen falta años de investigación, de eso no cabe duda, pero sigue siendo un poco –o bastante– necio pensar que no existe esta fuerza y que es un desvarío creer que ésta alcanza tintes metafísicos que nos hacen tocar el corazón, las sienes y el estómago para encontrar contestación.
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* Fuente Daily Beast ZME Science
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